lunes, 28 de noviembre de 2016

Repercusiones de la revolución sexual en nuestros días



Por nuestra naturaleza sexual y de género, históricamente el hombre ha tendido más a la acción y al movimiento hacia fuera; la mujer se ha ocupado de tareas más pausadas e íntimas, haciéndose cargo de la crianza de los hijos y del hogar. Como explico en mi libro SER O NO SER HOMBRE. Viaje a la esencia de la identidad masculina, históricamente el hombre ha tenido que ser fuerte -hacerse el fuerte-, teniendo que negar sus vulnerabilidades y sus necesidades afectivas, endureciendo su cuerpo y su carácter para cumplir con lo que de él se espera y con su función de proveedor. Sin tiempo para entretenerse en cuestiones emocionales ha tirado adelante sin pararse a sentir. A los hombres poco se les ha enseñado a vivir en sus cuerpos, en sus emociones y en sus afectos, sino a ir mas allá de ellos; el contacto y los abrazos quedaron al margen antes de tiempo. Desde ese tirar adelante pase lo que pase, todas sus energías se enfocaron en el trabajo.
Los roles de identidad sexual eran muy claros. Cada cual cumplía con su función con base en las capacidades que naturalmente emanaban de la naturaleza de cada sexo. Esos roles tan diferenciados se fueron difuminando progresivamente desde los años 60 del siglo pasado hasta nuestros días. La mujer ya no se dedica exclusivamente a los hijos y a la crianza como antes; la mujer es autónoma, ha incorporado a su vida su función de proveedora-trabajadora y está más en contacto con su sexualidad y con su derecho al placer. La negación y la esclavitud a la que el hombre ha sometido a la mujer a lo largo de la historia ha sido vergonzosa, no tiene nombre; se le ha anulado como mujer autónoma y se le ha negado la posibilidad de gozar sexualmente de su cuerpo. 
    En la sociedad de hoy, a pesar de que tanto el hombre como la mujer trabajan, una buena mayoría de familias tiene serias dificultades para llegar a fin de mes. Además de trabajar, la mujer se dedica mucho más a los hijos que el hombre, con lo cual se le acumula la tarea de forma extraordinaria. Esto es una realidad que se inicia desde la incorporación de la mujer al mercado laboral, hace 50 o 60 años, no más. Los que han sufrido las consecuencias más serias son los niños y niñas del mundo civilizado, que ajenos a esta transformación han sentido cómo tenían que prescindir, en sus propias carnes, de algo tan necesario para su crecimiento saludable como la presencia sobre todo de la madre en los primeros años de vida; y también del padre, tanto en los primeros tiempos como en los años posteriores del desarrollo. En buena medida, la mujer ha tenido que masculinizarse, endurecerse y hacerse fuerte para afirmarse como válida en un mundo tan enfocado en la producción y la competitividad. 
    En la sociedad en que vivimos, la emocionalidad, la sensibilidad, la vulnerabilidad, los afectos y todo lo que tenga que ver con el corazón son considerados rasgos de flaqueza y debilidad. Lo que debiera estimarse como Patrimonio Vivo de la Humanidad es denigrado en el marco de una sociedad, la nuestra, que presume de avanzada.
Finalizada la 2ª Guerra Mundial se inicia la llamada revolución sexual, que eclosiona en los años 60 y 70 del siglo XX para seguir desarrollándose en las décadas posteriores hasta nuestros días. El sexo y la sexualidad dejan de ser tabú y se liberan de la tutela moral judeocristiana; las restricciones que impone son desafiadas y relevadas: la Iglesia católica pierde influencia e inicia su divorcio con la sociedad de a pie. Se le da la vuelta a los códigos tradicionales de la moral sexual, ampliándolos más allá de la reproducción como único propósito de la sexualidad y suplantando el dogma de que la satisfacción sexual principal debe recaer sobre el hombre. 
   Se pone patas arriba el papel tradicional de la mujer, del hombre, del matrimonio y de la familia. La mujer se hace autónoma y se incorpora al mercado de trabajo; deja de ser un objeto sexual a merced del hombre y transforma las relaciones sexuales introduciendo el cuerpo, la sensopercepción y los sentidos (preliminares): la sensibilidad de las zonas erógenas se extiende a todo el cuerpo desarrollando el goce de la sexualidad en su proceso global, no solo en su descarga orgástica. La represión histórica que reposaba en la mujer se libera de pecado y se lanza al descubrimiento del placer que tantos siglos ha sido arrebatado de su cuerpo; se libera el miedo al embarazo con la introducción de la píldora y otros métodos anticonceptivos: la mujer puede gozar del sexo sin preocuparse de quedar embarazada.
Se puede hablar y discutir sobre temas relacionados con el sexo y la sexualidad; se empieza a hablar de sexualidad con los hijos y con personas del otro sexo; se puede obtener información sexual; se puede convivir sin estar casado; se aceptan las relaciones sexuales prematrimoniales; se transforman las estructuras familiares; se socializan las películas y libros eróticos; se expande la pornografía; se puede disfrutar de preferencias sexuales antes prohibidas o mal vistas; se empiezan a compartir las fantasías sexuales con la pareja,... La sexualidad se populariza y se integra como una instancia más de nuestra personalidad que no tiene por qué ser reprimida, sino vivida. Lo que hasta entonces permanecía oculto y se consideraba pecaminoso se destapa y se expone hasta sus más altas cotas. Como champagne de una botella descorchada emanan todas las conductas sexuales que hasta el momento estaban severamente taponadas. La sexualidad asociada al pecado y la culpa transmuta en curiosidad y búsqueda de placer. La transformación fue espectacular a muchos niveles. Actualmente, casi 60 años después, el desarrollo de la revolución sexual sigue su curso.
La diversión ilimitada y eufórica desde la que despertó la sexualidad como reacción a siglos de represión empañó la libido sexual de un tono de búsqueda frenética en que se tenía que probar todo.
La revolución sexual de los 60
Desde determinados planteamientos y círculos de la revolución sexual, la promiscuidad y la ausencia de compromiso eran un bien común; prerrogativas básicas para no caer en las convenciones de la etapa anterior: la posibilidad de crear lazos afectivos vinculares debían mantenerse a raya. Tras tantos siglos de prohibición y traje estrecho, cualquier aspecto de la vida era digno de ser transgredido. Al ritmo de la instauración de la sociedad de consumo, se bailaba mas rápido que la música y se iniciaba la devaluación de las relaciones humanas. Vale la pena plantearse si nuestra sexualidad nos llena, o nos vacía. Todo tiene unos límites, unas leyes y unas reglas a menudo invisibles para que cualquier estructura funcione y no se convierta en la peor de las tiranías. La vida no sería posible sin límites. Cualquier célula necesita un límite (membrana) donde vivir y crecer; cualquier persona lleva el límite corporal de su piel; cualquier niño o niña entre los cinco y los doce años aprende que no hay juegos sin reglas y sin límites acordados. Muchos llevamos dentro unos límites tan impuestos y estrictos, hemos recibido tantos noes y tanta frustración a nuestras necesidades auténticas que cuando somos adultos agarramos la bandera de la transgresión y no la soltamos hasta que nos rompemos las narices. En determinados casos, lo prohibido acentúa el deseo; no obtener aquello que se desea provoca un deseo aún mayor. El miedo a no obtenerlo y la desesperación que surge guía este tipo de comportamiento: si se hace lo que no se puede hacer es como si se hiciera lo que realmente se quiere hacer. El movimiento lo impulsa el rechazo, lo no permitido; sin tiempo a plantearse si lo que surge de auténtico es lo prohibido o es otra cosa.
Lo que empezó como transgresión abrió la puerta a una cada vez mayor normalización de actividades sexuales parafílicas: exhibicionismo, sadomasoquismo, tríos y sexo en grupo,... Es necesario discernir las conductas sexuales que parten desde un lugar sano y las que parten desde un lugar dañino. Las que parten desde un lugar dañino, consciente o inconsciente, se enmarcan dentro de las perversiones sexuales y las parafilias; precisamente por el daño intrínseco que conllevan, no por una cuestión moral, de ética, de valores o de prejuicios; ni siquiera porque la sociedad las considere prácticas aberrantes. Pasar al acto las fantasías y los caprichos sexuales agitando la bandera de la libertad sexual nos hace creernos los más libres de la historia, aunque en realidad seamos los más vacíos y los más esclavos; tenemos más orgasmos que nunca pero necesitamos cada vez más estímulos para alentar nuestra frágil estructura afectiva y sexual. Pasamos de una sexualidad represiva a una sexualidad impulsiva; tan perdidos en un extremo como en el otro. 
   La sexualidad es el instinto que más a mano tenemos en la vida adulta, aunque no sea el único que nos proporciona placer. Sin afecto y relación vincular, el “placer” que obtenemos lo tenemos que poner entre comillas. En ocasiones es necesario experimentar la fantasía sexual parafílica como parte de un proceso personal que la aterrice y nos permita discernir su sentido de ser. Poco o nada nos cuestionamos acerca del lugar desde donde parten nuestros impulsos sexuales o acerca del estado en que se encuentran nuestros afectos y nuestras relaciones vinculares. 
   Cada vez hay mayor miedo al compromiso de pareja, aunque no se reconozca. Las relaciones sólidas y duraderas se han convertido en líquidas y pasajeras. Cortoplacistas. Efímeras. Virtuales. De consumo preferente antes de la fecha indicada. La obsolescencia programada y el usar y tirar se han adueñado de las relaciones humanas. Nadie quiere privarse de nada: hay mucha oferta y mucha demanda. El tiempo vuela, solo tenemos una vida y todo es inmediatamente sustituible: desechable. El cuerpo es la mercancía y el sexo el lugar donde rendir y producir como el que más en la consecución de objetivos. La sociedad de consumo ha impregnado los fundamentos de las relaciones humanas. El lenguaje (teórico y práctico) de la economía de mercado es perfectamente aplicable a las relaciones humanas y sexuales. No creo que estemos aquí para adaptarnos a una sociedad que tiene todos los síntomas de estar, no solo enferma, sino cada vez más enferma. Los lazos y los vínculos afectivos en las relaciones son tan frágiles como los proyectos comunes que se emprenden. A menudo se vive el compromiso como una cárcel de la que es necesario escapar antes de que sea demasiado tarde -antes de que me hagan daño o me toquen el daño que llevo dentro-.
Es evidente que desde la revolución sexual del “aquí todo vale”, el vínculo afectivo no solo es negado, sino que es arrasado de las relaciones humanas. En la actualidad, la desvinculación general con el otro está más que extendida, ¿para qué exponer nuestro corazón? Vivimos rodeados de personas; nunca en la historia ha habido tantas; aun así, la soledad se ha convertido en la enfermedad más universal del estado de ánimo. El vacío afectivo es inmenso. Lo peor es que estamos sobreadaptados a ese vacío, negando lo que realmente necesitamos y consumiendo subproductos que nos ofrecen pseudoplaceres. La relación humana desde el corazón y los afectos, a menudo parece un recuerdo extraviado. Y el mundo sigue girando...
   Hoy todo el mundo habla de amor, pero pocos se cuestionan consistentemente cómo aman y cómo es el amor que han recibido y reciben. No se trata de sentirnos mal por lo que deseamos, por lo que sentimos o por lo que hacemos; de lo que se trata es de tomar responsabilidad sobre lo que deseamos, sobre lo que sentimos y sobre lo que hacemos para que nuestra vida retome el sentido que le pertenece.


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domingo, 20 de noviembre de 2016

Sexualidad contemporánea y vínculo afectivo



  En las sociedades consideradas más evolucionadas emerge de una manera cada vez más clara una profunda disociación entre afectividad y sexualidad. A continuación desvelemos solo algunos factores sintomáticos de hacia dónde vamos como seres humanos en lo que respecta a la sexualidad, el vínculo afectivo y las capacidades relacionales. 

La tasa de natalidad de Japón ocupa el último puesto del ranking mundial; la sexóloga japonesa Mayumi Futamatsu afirma que entre un 60 y un 70 % de las parejas de más de 40 años no practican sexo, y las que lo practican superan ampliamente el mes, la frecuencia más baja del mundo según las estadísticas. Los divorcios son muy poco frecuentes y la mayoría de las parejas sin sexo perduran en el tiempo. En Japón empieza a considerarse la ausencia de relaciones sexuales como algo normal. Según el Instituto Nacional de Población e Investigación de la Seguridad Social japonesa, el 61 % de los hombres solteros y el 49 % de las mujeres solteras entre 18 y 34 años no mantienen ningún tipo de relación sexual. El Gobierno de Japón se refiere a ello como el Síndrome del celibato. Paralelamente, la industria del sexo en Japón está en pleno auge, el sexo para el consumo circula por todas partes: factura 20.000 millones de euros al año, el 1 % del PIB. Ojo porque estamos hablando de algo que sucede en Japón, uno de los países de primer orden mundial. Se considera país desarrollado. Económicamente, claro. Así consta.
Sexualidad contemporánea y vínculo afectivo
Japoneses y japonesas se encierran en sí mismos y renuncian, en buena medida, no solo a las relaciones sexuales, también a las relaciones humanas vinculares. La falta de comunicación y de relación real en las parejas es alarmante; cada vez más se forman parejas “funcionales” que apenas se miran a los ojos. En el documental “Japón, el imperio de los Sinsexo”, un japonés explica que al principio de su relación de pareja hacía el amor cada día. Cuando pasaron los primeros tiempos de convivencia, no le contaba sus fantasías a su pareja y se dedicaba a ver pornografía: “tengo unos gustos un poco retorcidos pero no quiero que mi pareja lo sepa”. Su mujer dice: “...la convivencia nos fue alejando. Simplemente nos cruzábamos de vez en cuando”. Se cruzaban. Como perfectos desconocidos. Vemos cómo el vínculo afectivo está profundamente dañado, la relación no existe.
Se renuncia a la sexualidad conyugal, pero no a la propia: mecánica y solitaria. La oferta de la industria del sexo es amplia y variada. Al salir del trabajo (los que lo tienen), los hombres se aislan en video-box donde se masturban visualizando videos pornográficos. Disponen de una juguetería erótica extensa y variada. La camarera de un bar comenta: “Los hombres no muestran sus debilidades a sus mujeres, no hablan... y menos aún de trabajo. Aquí vienen a intercambiar algunas palabras y alguna mirada, nada más. Así se evaden y se relajan...”. Por ello pagan unos 300€ como mínimo. En los llamados “salones” se paga por un servicio que en la mayoría de ocasiones no acaba en penetración. Una profesional del salón afirma: “Dar placer a los japoneses consiste sobre todo en mimarlos y en hacerles de mamá”. Lo último en Japón es el alquiler de los ikemeso, hombres guapos y atractivos que por 55€ la hora se disponen para que las japonesas se desahoguen y liberen el llanto; puede escogerse entre un dentista, un chico “malo” o un intelectual. Hiroki Terai, responsable de la idea, asegura que su servicio es fiable. Esto es real, está pasando en el llamado Primer Mundo.
Solo en Tokyo existen más de 50 cafés de gatos. Por 10€ la hora los puedes acariciar; parece una de las pocas formas que tienen los japoneses de mostrar afecto hacia otro ser vivo. A través del contacto se relajan. Uno de los usuarios comenta, triste: “Los gatos se me acercan un poco buscando comida... y enseguida se van. Es la historia de mi vida”. En 20 años el número de solteros se ha duplicado; los animales domésticos se han convertido en compañeros de su soledad; en Tokyo hay más mascotas que niños menores de tres años. Desde este drama de fondo que tan solo podemos intuir, podemos imaginarnos el tipo de relación humana y de sexualidad que prolifera. ¿No hay nadie en Japón, cultura milenaria, que se haya parado a pensar que algo muy importante está fallando de base? Con la cantidad de activistas que proliferan por las redes sociales online, ¿no hay nadie que denuncie la ausencia de afecto y de relación humana en la que crecen los niños y niñas del país? Parece que no. ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano en su deshumanización?

En EEUU las parejas de jovencitos que se comprometen parecen cada vez bichos más raros; uno de ellos dice: “Si al sexo le agregas amor te conviertes en un ser extremadamente vulnerable. Nos enseñaron a confiar en nosotros mismos y a no depender de los demás. Es mejor mantener relaciones sexuales arriesgadas que sucumbir a los riesgos del corazón”. Hablar de amor por un lado y de sexo por el otro nos da una idea de cómo está el patio: prohibido sentir algo por el otro a riesgo de ser dañado y/o abandonado. 
Cada vez estamos menos dispuestos a mostrar y a ofrecer nuestro corazón, a pesar de la insatisfacción a la que nos condena. Por eso mismo se hace cada vez más necesario abrir el corazón y mostrarlo antes de que lo haga un cirujano. Lo moderno es el aquí te pillo, aquí te follo. Los tiempos de aproximación, flirteo, conocimiento mutuo y conquista se reducen a la inmediatez; tengo prisa sin ser conscientes de que en realidad tengo miedo: a lo que se espera de mí, a que se vaya y no le interese, a que no le guste, a que no me desee,... El deseo sexual pasa por encima del tiempo de conocernos y sentirnos, no hay tiempo que perder. Desde esa tensión a la que no damos significado, follamos (no se le puede llamar de otra forma), creyendo que desde ahí nos aclararemos en lo que sentimos y en lo que siente el otro. La sexualidad más directa e indiscriminada que hasta hace pocos años era patrimonio de los hombres, actualmente también se hace matrimonio de la mujer; la disociación entre los afectos y la sexualidad cada vez está más alarmantemente generalizada.
Sexualidad contemporánea y vínculo afectivo
La filofobia es el temor y la ansiedad que se siente ante la posibilidad de establecer relaciones afectivas consistentes. Sus síntomas son la ansiedad, el malestar general, niveles altos de estrés, ataques de pánico, trastornos gastrointestinales, latidos irregulares del corazón, sudores fríos, falta de aire y necesidad de huir. Los filofóbicos establecen un cortafuegos anti-afectos que les protege de sentirse más allá de lo que pueden tolerar manteniendo a distancia a todo aquel que pretenda ir más allá de lo digerible: lo más que pueden soportar son relaciones sin compromiso o de compromiso relativo. Para no sentir la vulnerabilidad y la inconsistencia afectiva que padecen, a menudo se rodean de relaciones simultáneas que les mantienen a salvo de sentir lo que sentirían si se implicaran solo en una. La confusión y la desorganización interna no les permite una relación afectiva vincular consistente; el daño recibido a ese nivel es definitorio. Desde esa menudencia afectiva podemos deducir cómo se vive tanto la relación humana como la sexualidad.
Desde esta base, ¿cómo sería la sexualidad humana en un futuro a medio-largo plazo? La robótica avanza a pasos tan agigantados como la deshumanización de la que somos testigos las sociedades civilizadas del siglo XXI. No quiero ser apocalíptico pero tampoco quiero obviar la realidad. A nivel mundial se invierten cantidades de dinero estratosféricas en crear máquinas que reproduzcan y emulen el comportamiento humano. ¡Incluso podrían ser capaces de autorrepararse y autoorganizarse! En algunos círculos especializados se habla de una nueva especie de robots humanoides que convivirá con nosotros. Rich Mahoney, director de robótica de SRI International afirma que ya empezaron a salir de las fábricas y pronto los veremos en los hogares limpiando la casa o jugando con su propietario al tenis; en hoteles y restaurantes sirviendo comida y bebida; y en otros espacios de la vida cotidiana como en la asistencia a ancianos, entrenamiento terapéutico, suministro de fármacos a enfermos o vigilancia de los niños. Leíste bien: vigilarán a los niños. Como si eso fuera lo que los niños necesitan. 

En el año 2010 fue presentada la primera robot sexual, Roxxxy: 54 kilos de peso y 154 centímetros de altura, con órganos sexuales y esqueleto articulado. Dos investigadores de la Universidad de Wellington (Nueva Zelanda) pronostican que para el 2050 los robots revolucionarán el mundo de la sexualidad. Otros auguran que antes: sobre el 2030 - 2035. A David Levy, autor de “Amor y sexo con robots: la evolución de las relaciones humano-robóticas”, la relación humana no parece importarle lo más mínimo. Estamos llegando a niveles tan altos de deshumanización y de desconfianza hacia los seres humanos, que entre otras perlas, este hombre afirma: “No importa realmente si el robot siente empatía por ti, o de si realmente tiene una emoción particular, lo que importa es si tú percibes que la tiene. Los hombres son criaturas peligrosas y hacen cosas terribles, así que no es de extrañar que pronto los padres prefieran antes que su hija salga con un robot que con un hombre”. Afirma sin tapujos que el amor con robots será igual de normal que el amor humano, y que el sexo será aún mejor: “Muchas parejas tienen problemas en la cama debido a complejos psico-sexuales o falta de habilidad sexual. Si todo el conocimiento contenido en todos los manuales sobre sexo fuera programado en robots sofisticados, en el futuro estos robots serían amantes virtuosos, capaces de crear experiencias sexuales que sus compañeros nunca antes experimentaron”. La solución a los conflictos de la relación humana resuelta con robots. El robot sexual sobre el que se investiga añade piel sintética de silicona, inteligencia artificial, sensores para simular emociones y complejos programas informáticos para manifestar sentimientos. Vale la pena reflexionar sobre ello: ¿cómo se puede llegar a comparar la presencia, las caricias, el afecto y el contacto humano con el de una máquina? ¿Con qué mentira nos quieren conformar? ¿Dónde está la ética, el sentido común y los límites de la robótica? 
   Dar la misma importancia a la presencia y la caricia de una máquina que a la presencia y la caricia de un ser humano es vivir en una mentira tan grande y perversa que va a ser casi imposible volver de ahí. ¿Somos realmente conscientes de lo que esto puede significar para la especie? ¿Hacia dónde vamos? De nosotros depende que los seres humanos no se conviertan en máquinas insensibles sin ningún contenido.



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domingo, 13 de noviembre de 2016

El corazón, el amor y los afectos



No amar por temor a sufrir es como no vivir por temor a morir”
Ernesto Mallo


Etimológicamente, “corazón” viene del latín cor-cordis. Desde el corazón nos acordamos y recordamos; tenemos corazonadas, o algo nos parece descorazonador. Desde el corazón acordamos si los corazones se ponen de acuerdo o distanciamos nuestros corazones si están en desacuerdo. Decimos que el corazón es indomable, que está contento, que se nos parte, que se nos rompe, que lo tenemos en un puño o que se nos abre; hablamos de la fuerza del corazón y decimos que a donde el corazón se inclina el pie camina, que algo nos llega al corazón, que llevamos a alguien en el corazón y que hacemos de tripas corazón. La cordura y el estar cuerdo, en contraposición a la locura, también parten del corazón: si el corazón no está cuerdo la locura lo embarga todo.
Al nivel de la relación humana, cuando tenemos sentimientos amorosos por alguien y lo expresamos, a menudo sin ser conscientes de ello nuestra mano se dirige al pecho y se toca el corazón; cuando sentimos dolor por cualquier circunstancia que haya perjudicado el amor y el afecto que sentimos por alguien, o cuando hacemos el duelo por la pérdida de alguien significativo, antes que en ningún otro lugar lo sentimos en el pecho y el corazón. Desde ahí nos encogemos y hacia ahí se dirige nuestra mano, como si tratáramos de consolarnos.
Culturalmente nuestro lenguaje está plagado de significaciones y símbolos que relacionan inequívocamente el corazón con el amor y los afectos. La mayoría de las religiones del mundo ven al corazón como el portal hacia la sabiduría más profunda, hacia el espíritu, hacia el alma. En la Antigua Grecia, el corazón era el centro de la inteligencia y de la vida: para Aristóteles era el centro del ser humano. Hacia finales del siglo XIX, desde la medicina moderna, el corazón se convierte en el centro de la cardiología y el cerebro en el centro de la psicología y la psiquiatría. En lugar de observar al ser humano desde una perspectiva integral en que todo está relacionado y es interdependiente, la división cartesiana consagra al cerebro como director de orquesta y concibe al cuerpo y todo lo que representa como una máquina a su servicio.



Qué es el corazón y cómo funciona


En la Facultad de Medicina se enseña que el corazón es un músculo (miocardio) con una estructura de dos aurículas en la parte superior, dos ventrículos en la parte inferior y cuatro válvulas. El sistema cardiovascular bombea la sangre por el cuerpo a través del corazón y la hace circular a lo largo de un circuito cerrado por medio de los vasos sanguíneos, suministrando oxígeno y nutrientes y eliminando material de desecho. El corazón realiza una fuerza para expulsar la sangre en la sístole -contracción y expulsión hacia los tejidos-, y otra fuerza para succionarla en la diástole -relajación y recepción-. Cumpliendo con su función, latirá unas 115000 veces por día con un promedio de 80 veces por minuto y unas 42 millones de veces al año.
El corazón controla la presión arterial y secreta mayor dopamina que el cerebro; puede inhibir la producción de las hormonas del estrés (cortisol y adrenalina básicamente); produce la hormona ANF, que junto a la acción de otros péptidos colabora en el equilibrio general del cuerpo; produce y libera oxitocina (más conocida como la hormona del amor). Los doctores M. Cantin y J. Genest demostraron que las concentraciones de oxitocina en el corazón son comparables a las del cerebro. Múltiples experimentos de laboratorio y numerosos ensayos clínicos han comprobado que las hormonas cardíacas regulan las hormonas renales, aumentan la velocidad de filtración glomerular e incrementan el flujo de sangre a los riñones.
Las señales producidas por el corazón son vitales para la regulación corporal; marcan el paso constante de la vida que late en nuestro cuerpo. El corazón emite sonido, ondas de presión, calor, luz e impulsos electromagnéticos: todas las células del cuerpo reciben estas señales. El corazón marca el ritmo y el resto del cuerpo danza en función de su tempo: el cerebro también. El sistema nervioso regula pero no domina el ritmo cardíaco, que depende del corazón en sí mismo; el impulso eléctrico que da origen al latido cardíaco -produce 2,5 vatios de energía eléctrica en cada latido- se origina en el nódulo sinoauricular (SA), situado en la pared posterolateral superior de la aurícula derecha. Se ha descubierto que el corazón contiene un sistema nervioso propio con más de 40000 neuronas y una compleja red de neurotransmisores; puede percibir, sentir, recordar y procesar información independientemente del cerebro, influyendo en nuestra percepción de la realidad y en nuestras reacciones. En un experimento dirigido por Rolin McCraty, del Instituto Heartmath, se monitorizan la actividad cerebral y la actividad cardíaca de varios sujetos. Se miden los tiempos de respuesta del cerebro y del corazón ante unas imágenes (estímulos externos) que se proyectan en un monitor. Observan y concluyen que el corazón reacciona más rápido que el cerebro: primero se observa una reacción en el corazón, después una reacción cerebral y finalmente una reacción en el resto del cuerpo.
A pesar de tener el tamaño de un puño, el campo electromagnético del corazón es el más potente e intenso de todos los órganos del cuerpo y se modifica en función de nuestro estado emocional. Más allá del cerebro y el corazón se ha comprobado que el aparato digestivo está tapizado por una red de unos 100 millones de neuronas y neurotransmisores de gran alcance. Su red neuronal influye en el estado de ánimo y en el sueño; tiene la capacidad de producir y liberar los mismos neurotransmisores, hormonas y moléculas químicas que el cerebro superior. ¿Quién dijo que aquí mandaba el cerebro?
En 1999 los doctores P. Pearsall, G.E. Schwartz y L. Russek de la Universidad de Arizona publicaron 10 ejemplos de pacientes que experimentaron cambios en su personalidad como resultado de un trasplante de corazón. Comprobaron que a partir del trasplante, quien recibe el nuevo corazón asume características del donante sin saber quién fue. Se observaron cambios en las preferencias de comida, de música, de arte, preferencias sexuales, de ocio y de profesión. Otros profesionales de la cardiología y la neuropsicología corroboran los mismos hechos. Los investigadores concluyen que se debe a la memoria celular. La teoría de sistemas de energía dinámica llega a la conclusión de que todos los sistemas dinámicos almacenan información y energía en grados variables; existen bucles de retroalimentación recurrentes en todos los sistemas atómicos, moleculares y celulares. Entre A y B, sea lo que sea A y B, A envía información y energía a B, y B la envía de vuelta a A. Corazón y cerebro están conectados de forma neurológica, eléctrica y química; la información bombea incesantemente: la información entre el cerebro y el corazón se consagra como un sistema de memoria.



El vínculo afectivo


La pulsación del corazón es el signo más inequívoco de vida; empieza a latir en la tercera semana de gestación. No late exactamente las mismas veces cada minuto, tiene una variabilidad y un ritmo propio que se acelera o desacelera en función del estado emocional: se ha comprobado que se desordena en situaciones de frustración y dolor (ira, irritación, miedo, ansiedad,...), y se ordena en situaciones de satisfacción, placer y bienestar. Además de sentir, el corazón es emocionalmente inteligente: se altera o se tranquiliza en función de lo que percibe y siente.
Durante la gestación hemos estado conectados a nivel sanguíneo con la madre, hemos percibido su olor, su baño de hormonas, el tacto de su útero, hemos sentido el tempo de su corazón, su temperatura, su tensión, su distensión, su bienestar, su malestar,... ¡y aún no hemos nacido! La relación instintivo-emocional y corporal que a nivel intrauterino cualquiera de nosotros establece con la madre, y toda la gama de percepciones, sensaciones y registros que se obtienen, asientan las bases del vínculo afectivo entre madre e hijo.
Hasta los tres años básicamente se construye una relación con la madre que nos marca para toda la vida: para bien, para mal, o para regular. La naturaleza ha dispuesto que la madre ofrezca las bases donde se desarrolla la vida: las necesidades instintivas del bebé se vuelcan en ella. El vínculo afectivo que se construye, como acontecimiento humano, es vital para todos. VITAL. Lo pongo en mayúsculas y si pudiera lo subrayaría con el fluorescente más brillante que tuviera al alcance. A veces me pregunto cómo puede ser que en nuestra sociedad, donde se necesitan tantos títulos, diplomas y carnets para todo, cuando alguien decide ser madre o padre no se le pide nada de eso. Día a día observo barbaridades en el trato con los niños y niñas, con la mejor de las intenciones, que muy seguramente no pasarían un examen de lo más sencillo. Por otro lado pienso: ¿pero qué título, diploma o carnet van a dar si a los cuatro meses es absolutamente legal mandar a las madres a trabajar abandonando las necesidades de sus hijos? 
Corazón, amor y afectos
En los primeros tiempos el bebé atraviesa circunstancias de máxima vulnerabilidad, sus sistemas corporales están blandos y recién estructurados. Necesita una figura de apego hacia la que tener acceso inmediato y constante. Permanente. El bebé puede entrar en peligro en muchas circunstancias: por el desconocimiento del otro y de los objetos, que aumentan de tamaño o se aproximan rápidamente, por la oscuridad, la soledad, los ruidos,... La dependencia hacia la figura de apego es total. En función de la permanencia de la madre el niño integrará ese apego, con todas sus variantes, como seguro o inseguro. Aunque en los primeros tiempos la madre es la figura principal de apego, el vínculo afectivo con el padre también se desarrolla desde la gestación, primero mediante funciones auxiliares para preservar el espacio entre la madre y el hijo, y más tarde a partir de interacciones más directas. Hacia los cuatro o cinco años sellamos el vínculo afectivo con el padre.
La confianza o desconfianza y la seguridad o inseguridad que se establezcan a nivel instintivo-emocional con la madre y el padre reverberarán en la vida adulta en las relaciones afectivas vinculares. El vínculo afectivo se fundamenta en cómo nos cuidan, en cómo nos tocan, cómo nos lavan, cómo nos cambian los pañales, cómo nos hablan, cómo nos tratan en lo que nos sale de dentro,... En definitiva: cómo nos tratan el cuerpo y cómo nos tratan en nuestras necesidades instintivas y en nuestras emociones. El tipo de vínculo que establecemos con la madre y el padre condiciona la forma en que nos relacionaremos en la vida adulta a través de las relaciones íntimas vinculares que establezcamos.



El corazón acorazado


Conviene aclarar, dada la confusión generalizada, que el amor, el afecto y la ternura no son emociones. El amor por el otro Se siente cuando uno ha recibido satisfacción y acompañamiento, tanto en las necesidades instintivas que surgen como en las reacciones emocionales. Para saber cómo se muestra el corazón en el ser humano es suficiente observar a cualquier bebé o niño de dos o tres años: a todo ser humano mínimamente conectado a sí mismo le sale un impulso tierno cuando lo observa. De la conexión con el corazón surge el amor y el afecto: y la ternura, la generosidad, la alegría, la confianza, la dignidad, el respeto, la verdad, la integridad, el reconocimiento, la consideración, la responsabilidad, el compromiso, la incondicionalidad, la sinceridad, el agradecimiento, la honestidad, la entrega, la solidaridad, la amistad, la lealtad, la fidelidad, la esperanza, la cooperación. Valores que parten del corazón, que debieran ser Patrimonio Vivo de la Humanidad y que debieran formar parte intrínseca y preponderante de cualquier persona o sociedad digna de llamarse humana.
El amor y los afectos hacia el ser humano vendrán condicionados por cómo he sido tratado. Desde el corazón (y desde el cuerpo) sentimos si somos bien tratados o si somos maltratados; sentimos si algo es positivo o negativo; sentimos la relación y el vínculo con el otro, mucho más allá de las palabras. Un corazón expandido es un corazón que se siente amado y se puede soltar a cumplir con su función natural; un corazón contraído es un corazón lastimado, afligido, encogido y asustado. Desde ese encogimiento más o menos severo en función del dolor y el miedo que haya o del estrés al que se someta la persona, todo el sistema cardiovascular y sanguíneo resulta perjudicado. La cardiopatía isquémica y los accidentes cerebrovasculares (directamente relacionados con el corazón y el aparato cardiovascular) son primera causa de muerte en el mundo. Con diferencia.
¿Por qué se asusta el corazón? Porque no es bien tratado. Si me preguntaran cuál es la emoción predominante en nuestro cuerpo, sin dudarlo respondería que el miedo. Hemos construido una megaestructura para no sentirlo, aunque de fondo gobierne. Todos y todas tenemos el corazón u otros órganos perjudicados en mayor o menor medida por un vínculo afectivo defectuoso que ha impregnado de miedo nuestro cuerpo. El corazón necesita ser amado sin condiciones; todos los niños y niñas merecen y tienen el derecho a ser bien amados; madres y padres tienen el deber y la responsabilidad principal de velar por ese derecho humano en la relación que construyen con sus hijos. Desde esa base de afectos y desafectos se construye la vinculación afectiva que nos marca para toda la vida.
Si he sido consistentemente maltratado, mi corazón estará herido al nivel del vínculo afectivo y se habrá amurallado; los afectos serán cosa de otro mundo e internamente me mantendré a distancia del otro, aunque vayamos cogidos de la mano. Todo lo que tenga que ver con el corazón, el amor y los afectos lo despreciaré y lo rechazaré porque dentro de mí no hay nada o hay muy poco (algo siempre hay) que sintonice con aquello para poderlo acomodar: sentir afecto cuando uno ha sido tan mal tratado a ese nivel se convierte en peligroso porque se expone a sufrir el mismo daño de nuevo. En ocasiones el ser humano puede tener un panorama infantil desolador, pero al mismo tiempo tiene algún registro de relación con alguien que ha representado como una vela encendida en medio de tanta oscuridad. Cuando la persona se agarra a estas experiencias y tira de ellas, es decir, cuando va en esa dirección y se reconstruye desde ahí y desde un nuevo vínculo afectivo sano, se observan recuperaciones y transformaciones que nadie podría imaginar que pudieran darse: la fuerza de la vida tira adelante por más trabas que le ponemos. En el fondo, a nivel relacional la vida es un camino de limpieza y drenaje de las heridas que llevamos dentro por no ser amados como merecemos, preservando la esperanza puesta en la realidad de encontrar lo que nuestro corazón anhela.
Por tanto, si he registrado experiencias afectivas dolorosas a lo largo del desarrollo (quien más quien menos en nuestra sociedad tiene una buena colección de ellas si hace una revisión profunda) tendré serias dificultades en mostrarme desde el corazón y lo tendré que proteger para que no me hagan más daño del que ya tengo; construyo una armadura psico-corporal que acoraza el corazón y sus implicaciones afectivas. Si la armadura es muy consistente seré un ser desconfiado, insensible, orgulloso, distante, frío, crítico, duro, rígido, iracundo, violento, ausente... viviré estresado. Aunque con esa actitud pueda parecer un ser humano fuerte y capaz, incluso exitoso socialmente, en realidad soy un ser débil, asustado y enfermo. La salud del cuerpo no admite un corazón exiliado: sin amor ni afecto la salud no consta en nuestro diccionario psico-corporal.
El psicólogo y profesor Andrew Steptoe, de la University College de Londres, realizó una serie de experimentos para investigar la relación entre las experiencias emocionales y los problemas cardíacos tratando de comprender los procesos biológicos que se interrelacionan con la vida emocional. A los participantes se les pregunta cómo reaccionarían ante desafíos o situaciones traumáticas. En el estudio se mide la presión sanguínea, la frecuencia cardíaca y se analiza la sangre para medir sustancias, fundamentalmente las llamadas hormonas del estrés (adrenalina y cortisol entre otras), que suelen aumentar cuando las personas se enfrentan a problemas complejos o a cualquier tipo de acontecimiento estresante. También se buscan en la sangre sustancias químicas que indiquen un aumento del nivel de inflamación o coagulación sanguínea. Los análisis de sangre realizados durante procesos emocionales negativos demuestran la presencia de mecanismos reconocidos como causa de las cardiopatías. El problema fundamental de la cardiopatía es el desarrollo del proceso conocido como arterioesclerosis en las arterias coronarias: las paredes de las arterias se estrechan progresivamente a lo largo de la vida de la persona. Se concluye que los procesos de coagulación, los procesos inflamatorios y las hormonas del estrés influyen en el ritmo al que la arterioesclerosis se desarrolla; con el tiempo provocan la oclusión de las arterias, y por tanto, influyen en las cardiopatías.
Se ha comprobado que antes de producirse el infarto de miocardio la persona se halla en pánico o terror (se libera catecolamina y se constriñen los vasos sanguíneos). Esto no quiere decir que si hay un ataque de pánico tiene que haber un infarto de miocardio, léase bien. A un nivel emocional, el ataque al corazón es el recurso del cuerpo para liberar la reacción de pánico cuando no se puede sentir ni expresar de otra forma. La pérdida de un ser querido es una de las principales causas desencadenantes en enfermedades coronarias, paros cardíacos y fibrilaciones ventriculares. Cuando uno pierde el amor y el vínculo afectivo con el otro es importante atender al duelo como corresponde -sintiendo y expresando el dolor el tiempo que sea necesario-. Si no podemos darnos el tiempo ni el espacio para sentir el proceso emocional que implica la pérdida, fácilmente podemos encauzar todo ese caudal energético en el trabajo por ejemplo, e instalarnos en un estrés que no nos permite sentir lo que está pendiente dentro de nosotros; desconectamos el cuerpo al nivel del dolor y del proceso emocional y le encomendamos la función de ser el receptor de esa falta de escucha: somatizamos.
Corazón, amor y afectos
Desde ese cúmulo de dolor, soledad, confusión y emociones sin procesar, en un momento de desesperación podemos sentir deseos de morir. ¿Qué tiene que ver el suicidio con la ausencia de amor y de vínculo afectivo? Los casos de suicidio ascienden año tras año a nivel mundial. Cuando uno no tiene a nadie con quien sentir un vínculo afectivo de calidad, cuando uno no tiene a ni siquiera una persona con la que sentir que vale la pena estar en este mundo, la salida de socorro suele ser la depresión y el suicidio (desde la conducta), o los accidentes cardiovasculares (desde la somatización). Las relaciones inseguras e inestables lo son porque en realidad no son amorosas ni vinculares; tienen a nuestro corazón en vilo.   
Así como la medicación en general camufla síntomas, una relación amorosa y afectiva cura. Estudiar la salud y la enfermedad del corazón es estudiar -y sobre todo atender- el dolor y el desamor que nuestro corazón padece. Si tenemos que hacer énfasis en la prevención, la mejor prevención es atender a los niños y niñas como necesitan desde la más tierna infancia para que su cuerpo y su psique crezcan y se desarrollen lo más saludablemente posible. Si pudiera ser así, estoy convencido de que las tasas de muerte por accidente cardiovascular y suicidios disminuirían muy considerablemente. En edad adulta la mejor prevención es atender a nuestro corazón, escucharlo y tratar de darle lo que necesita; darle voz y acompañarlo en el dolor que siente para que se pueda procesar. Eso es responsabilidad de cada uno.
La OMS (Organización Mundial de la Salud) tiene redactado un amplio catálogo de factores determinantes de riesgo perjudiciales para la salud: el consumo de tabaco, el consumo de alcohol, las adicciones, el consumo de drogas, la mala nutrición, la desnutrición infantil, la contaminación del aire, la radiación solar, las prácticas sexuales de riesgo, la hipertensión arterial, la hiperglucemia, los factores genético-biológicos, un índice de masa corporal elevado, el sobrepeso y la obesidad, la falta de actividad física, los entornos insalubres y el estrés. Lo que sucede en las relaciones humanas no es tenido en cuenta en absoluto; para la OMS no existe como factor determinante de riesgo perjudicial para la salud. ¿Acaso no es la soledad, por ejemplo, un factor determinante de riesgo perjudicial para la salud? Ni siquiera hay un apunte que indique algo así como que se está investigando. No sabe, no contesta. Todos los efectos instintivo-emocionales, corporales, relacionales y afectivos que llevamos dentro se resumen en un factor: el estrés. Hasta ahí llega la ignorancia y el desconocimiento del ser humano de la considerada organización mundial más importante de la salud. Todos a la zaga. Nuestra sociedad no estaría tan enferma si tuviera en cuenta, más allá de otros intereses, el trato que los seres humanos necesitamos desde nuestra naturaleza más profunda a lo largo del desarrollo. 



No hace falta un cirujano para abrir el corazón


Cuando el corazón es herido se transforma radicalmente la visión de nosotros mismos, de las personas y de la vida: desconfiamos hasta de nuestra propia sombra. La inteligencia de las emociones gestiona de la mejor manera que sabe el ser vistos por el otro en lo que nos pasa por dentro: podemos permanecer en el miedo y aislarnos si no recibimos respuestas satisfactorias que acompañen nuestro dolor; podemos tratar de acercarnos al otro, entre temerosos y tristes; o podemos alejarnos agresiva o violentamente para protegernos de sentir el dolor. Agresivamente también podemos acercarnos para ver si es posible que el otro vea y entienda lo que nos pasa. En conflictos graves con personas amadas
Corazón, amor y afectos
se observa cómo se enfurecen, se gritan y se alejan; separan sus corazones y los protegen, desconfiados, porque no pueden soportar el dolor que el otro no llega a ver. En el fondo, la salud del corazón necesita confiar para acercarse y que el corazón del otro también se acerque. Cuando observamos y percibimos que el otro parece que nos ve y nos siente, se abre la posibilidad de mostrar nuestro corazón y encontrarnos, al fin; o quizás no, porque ya comprobamos una y otra vez que mostrarlo no sirve de nada y es momento de ir hacia otro lugar, por más que nos duela. En función de lo que percibe y siente, nadie como nuestro corazón sabe lo que tiene que hacer.
El corazón es la brújula que nos marca hacia quién orientarnos. En función de los estímulos externos nos orientamos hacia una persona u otra. Si nos sentimos tranquilos y en paz, los corazones y los afectos se expresan y se exponen, vulnerables. La vulnerabilidad nos hace hermosos, nos abre a conectarnos con nosotros mismos y con el otro; sentirnos y reconocernos como seres vulnerables es el principio para encontrarnos con el otro y compartir lo bueno y lo malo que hay en nuestro corazón. Si sabemos que tenemos el corazón perjudicado lo podemos reparar. Para ello necesitaremos un trato relacional distinto al que tenemos dentro que transforme la desconfianza que profundamente sentimos en la confianza que perdimos; necesitaremos un trato respetuoso que nos reciba como merecemos: humano para que nos humanice; cálido para que ponga calor donde hay frío; afectuoso para sentir que somos dignos de ser amados por lo que somos; cercano para volver a acercarnos a nuestro corazón y al del otro. A nadie se le olvida aquella o aquellas personas que nos trataron desde ahí, el corazón les recuerda siempre.
En definitiva, el corazón necesita que se le escuche y se le vea; para que se sienta escuchado y visto necesita que lo sientan. Nadie que no se pare a sentirnos sabrá escucharnos ni vernos como auténticamente necesitamos. Solo cuando se nos siente nos sentimos realmente acompañados en aquello que compartimos; solo así podemos conectarnos de verdad al otro. Comunicarse no es un simple trasvase de información; comunicarse es sentirse, escucharse y conectarse al otro: la calidad de la relación humana y del amor auténtico parten de ahí. Si no hemos sido escuchados no sabemos escuchar ni sabemos escucharnos; si no hemos sido amados, no sabemos amar ni sabemos amarnos; si no nos han sentido, no sabemos lo que significa sentir al otro o sentirnos a nosotros mismos. Si no lo hemos recibido no tenemos referencias de partida: amamos o creemos que amamos desde donde nos han amado o han creído amarnos. Necesitamos la mirada afectuosa de unos ojos que nos vean con buenos ojos para aprender a vernos desde ahí. Cuando hallamos esa mirada, de repente el corazón se abre y nos parece estar en el paraíso, que está aquí. No podemos suponer ni imaginar lo cerca que lo tenemos. De repente se transforma la visión de nosotros mismos, de las personas y de la vida. Todos los infiernos están aquí también, desde la carencia y el maltrato hacia lo que profundamente necesitamos; en los infiernos nos enfadamos y encolerizamos a veces hasta volvernos locos porque no nos tratan como sentimos que merecemos. ¿A quién puedo odiar si fundamentalmente me he sentido querido? A nadie. En edad adulta, el odio que se nos metió dentro está tan desconectado de las causas y los causantes originales, que lo colocamos en cualquier persona que nos despierte el mismo dolor que llevamos dentro; como si esa persona desconocida fuera la causa y el causante de tanto daño.

Corazón, amor y afectos
Es prioritario desenterrar el corazón y los afectos para no desorientarnos y pervertirnos más de lo que ya estamos como individuos y como sociedad. ¿Qué calidad real tienen nuestras relaciones? ¿Cómo nos relacionamos? Es necesario recuperar relaciones humanas auténticas que nutran y den sentido a nuestra vida. No hay que buscar fuera, sino mirar dentro, en el corazón de cada uno; aunque volver a abrir el corazón signifique volver a sentir, en alguna medida, todo el daño que le han hecho. ¿Somos conscientes del miedo que tiene a abrirse un corazón dañado? Es tremendo... no dejo de comprobarlo en el espacio terapéutico. Es necesario acompañar todo ese proceso desde una relación humana de calidad, afectiva, para que poco a poco el corazón encuentre formas de abrirse, depurando el dolor y el daño afectivo-emocional que durante tantos años ha permanecido oculto y atrapado. Es necesario pasar por ahí para drenar las heridas y dejar espacio a lo bueno que está por salir y por entrar; es necesaria una toma de responsabilidad para abordar las luces y sombras de la relación que mantenemos con nosotros mismos y con los demás. Solo el corazón que ama y es amado puede permanecer sano, vivir feliz y morir contento. 



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