viernes, 8 de abril de 2011

Terapia de Grupo. Grupo de Apoyo Psicoterapéutico para Hombres



Se abren plazas para entrar en el Grupo de Apoyo Psicoterapéutico para Hombres
que se iniciará próximamente.

Será un espacio donde los hombres podamos encontrarnos para compartir nuestras inquietudes, dificultades y necesidades personales. Un espacio dedicado a la relación y la comunicación, un espacio para conocernos y para vernos desde la sinceridad y la verdad de lo que cada uno somos.
Buscaremos la manera de situarnos en el grupo y en el mundo desde nuestra identidad masculina.

Grupo de Apoyo Psicoterapéutico para Hombres


Periodicidad: Quincenal (día y hora por confirmar)
Duración: 2 horas

Se abren grupos en Barcelona

Los grupos serán de 6 hombres como máximo. Las plazas se reservan por riguroso orden de inscripción.
Los interesados deberán realizar primero una entrevista conmigo.

Si estás interesado, puedes contactarme llamando al 651 783 146 o escribirme a: info@terapiapsico-corporal.com










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miércoles, 6 de abril de 2011

El proceso psicoterapéutico: ¿qué significa iniciar terapia?



Creo importante aclarar lo que significa iniciar un proceso psicoterapéutico ya que se trata de algo desconocido o muy desconocido para la mayoría de personas.
Por lo general, decidimos iniciar un proceso cuando nos encontramos en una situación de crisis personal, situaciones en que nos sentimos perdidos, desubicados, desorientados, sin saber que nos pasa y sin saber a dónde vamos ni qué es lo que realmente queremos. Nos lo podemos empezar a plantear cuando sucede algo en la realidad que nos sobrepasa o nos confunde.
En general, en nuestra sociedad, pedir ayuda terapéutica parece algo negativo. Rápidamente se compone la ecuación: pedir ayuda = estoy muy mal. Con los años he comprobado dos hechos constatables, tanto en Procesos profundos como en Psicoterapia Breve:
1. Por peor que la persona lo esté pasando y por mal que esté existe la tendencia general a aguantar todo lo que se pueda y más antes de pedir ayuda.
2. Desde el momento en que la persona decide pedir ayuda, algo cambia y se transforma en ella y en su entorno. Se produce un clic.

Iniciar un proceso psicoterapéutico es como iniciar un viaje hacia dentro para verse, sentirse, conocerse y transformarse desde los lugares más superficiales hasta los más recónditos.
El terapeuta acompaña para que poco a poco se amplíe la conciencia sobre lo que le pasa al paciente, qué siente, cómo lo siente, cómo lo manifiesta, por qué le pasa eso, por qué lo sientes así, qué se plantea hacer con aquello, qué decide, cómo, qué quiere hacer con aquello que le pasa, qué dificultades tiene para llevarlo a cabo, de qué capacidades dispone,...

La Terapia de Integración Psico-Corporal es una terapia no directiva. Es decir, si yo le digo al paciente qué tiene que hacer, qué tiene que decir, qué tiene que decidir, cómo se tiene que poner, etcétera, estoy infravalorándole e incapacitándolo, además de impedirle la posibilidad de crecer, de responsabilizarse y de aprender a decidir por sí mismo. Se trata de que el paciente pueda sentirse a sí mismo y desde ahí, con la ayuda del terapeuta, encuentre las posibles soluciones a sus conflictos. Todo ello con el tiempo y el espacio que necesite.

Ilustracion: Tute
El paciente es el centro de la terapia. Desde la escucha respetuosa, el terapeuta sigue el discurso y el sentir de lo que el paciente trae a consulta, tratando de alumbrar conscientemente lo que permanece en la oscuridad inconsciente. Al tiempo que se entra en la historia personal del paciente, se elabora lo que sucede en la realidad de la relación terapeuta-paciente.
Desde la verdad como base se transforman los patrones de relación defensivos que la persona ha construido, al tiempo que recibe del terapeuta nuevos registros que hasta el momento no tenía. Todo ello desde la no interpretación, el respeto, la escucha, ofreciendo el tiempo y el espacio necesarios para que se den los procesos. La terapia es psico-corporal porque en su base está el reconocimiento del cuerpo, la emoción y la cognición como unidad funcional integradora de la personalidad. La terapia se enfoca en la reconexión de estas tres instancias. Este proceso no lo podemos hacer solos, necesitamos acompañarnos por alguien que haya pasado por ahí y nos referencie en el camino hacia nuestra esencia.
El paciente transforma paulatinamente la relación que mantiene consigo mismo, la relación que mantiene con los demás, y se va situando de una forma más centrada y auténtica consigo mismo, con las personas importantes de su vida y con la vida misma.

Desde mi vivencia personal ahora como terapeuta y también como paciente, puedo afirmar que éste ha sido el viaje más apasionante, más real y más verdadero de cuantos he emprendido: el viaje hacia mi esencia, hacia lo que realmente soy y siento.


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lunes, 4 de abril de 2011

La competición en el fútbol y en la vida. Guardiola y Mourinho (publicado en el SPORT)



Artículo publicado en la Web del periódico deportivo SPORT:

Sport: la competición
Es por todos conocida la rivalidad existente entre F.C. Barcelona y Real Madrid. En los últimos años y a partir del alto nivel futbolístico exhibido por ambos, la rivalidad ha llegado a límites cada vez más competitivos. Si en algo están de acuerdo Guardiola y Mourinho es en su espíritu competitivo y en su deseo de ganar.
Quiero hablaros aquí sobre la competición que se establece en el mundo del deporte, perfectamente aplicable a la competición de mayor o menor grado que puede darse en cualquier tipo de relación humana. A mi modo de ver, existen dos formas de competir: una sana y otra dañina. La competición sana empieza en uno mismo. No se compara con nadie, más bien adopta modelos de otros que lo hacen tan bien como a uno le gustaría hacerlo. Desde ese lugar integra esos modelos para espejarse en ellos y desplegar las capacidades propias hasta llevarlas al límite. Con tiempo, calma, humildad, disfrute y dedicación se van ensanchando los límites de lo que soy capaz, sin hacerme daño a mí mismo y sin hacerle daño a otros. Desde ahí se compite limpiamente con otros para comprobar quién es mejor. Cada uno hace lo que sabe lo mejor que sabe, aportando a su equipo lo mejor de sí mismo. Todo ello desde el respeto y la consideración hacia el contrario y hacia las reglas del juego: el fin no justifica los medios. La competición dañina en cambio, se inicia desde la base de fijarme en aquellos que lo hacen mejor que yo, para dañarlos si es necesario y ganarles como sea. Quien así compite, quiere ganar a toda costa, respetando o no las reglas del juego, jugando sucio si hace falta, engañando, mintiendo, burlándose del otro y machacándolo si puede. Otro de sus ingredientes principales es que rara vez asume la responsabilidad sobre sus actos, más bien se dedica a “echar balones fuera” y culpar a quien sea por no haber ganado. El fin justifica los medios.

Si quisiéramos saber y comprender las raíces del porqué uno se construye dentro de un tipo de competición u otra, deberíamos ir, una vez más, a la experiencia que cada cual ha vivido en su núcleo familiar. Para no irnos del tema que aquí tratamos, no entraré en ello. Sólo decir que desde las experiencias de relación que básicamente tenemos registradas con nuestro padre en el caso del hombre, y con nuestra madre en el caso de la mujer, vamos construyendo de una manera u otra nuestra forma de colaborar y/o competir. Si de alguna manera podemos colaborar, no competimos. Si hacemos un símil, en el trabajo por ejemplo, quien representa a las figuras paterna o materna son nuestro jefe o jefa. En el fútbol, ¿cuál es la figura que representa a nuestro padre? Sin duda, el entrenador. Símbolo de autoridad y máximo responsable en el momento de situar los límites entre lo que está bien y lo que está mal. La misma función ostenta la figura del árbitro cuando trata de ser justo entre dos equipos que se enfrentan entre sí. El entrenador se convierte en el modelo a seguir, para los jugadores y para los aficionados. El árbitro puede convertirse en el enemigo externo contra quien volcar todos nuestros males, arrastrando con ello a los propios jugadores y a los aficionados hacia una espiral perversa y destructiva que pone en peligro la integridad de las personas. Es más que evidente la distancia que separa la propuesta del F.C. Barcelona de Pep Guardiola y la del Real Madrid de José Mourinho. Cada uno que extraiga sus propias conclusiones. El árbitro se equivoca, evidentemente. Los entrenadores se equivocan, evidentemente. Los jugadores también se equivocan, evidentemente. El error forma parte del juego y de la vida, y no debiera servirnos de excusa para eludir nuestras verdaderas responsabilidades. Para saber ganar, hay que aprender a perder.

Más allá de los colores, situémonos en los ojos de un niño, del niño que nosotros fuimos un día. Tratemos de ver a través de sus ojos las conductas que observa en los adultos... ¿Cómo se comportan Guardiola y Mourinho cuando no pueden conseguir su objetivo que es ganar? ¿Cómo se comportan sus jugadores cuando no ganan? ¿Cómo se comportan los padres que acompañan a sus hijos a los campos de fútbol? A mi modo de entender, me parece más que importante la labor de situar los límites claros a todo aquel que tanto dentro del mundo del deporte como fuera de él no sepa dónde están. Si como niño no he aprendido a respetar los límites a todos los niveles, difícilmente los podré respetar o hacer respetar cuando sea adulto. Quede claro que los límites no se hacen respetar con violencia ni desde el autoritarismo, desde ahí vendrán los excesos. Como niños necesitamos límites claros, constructivos y humanos que se establezcan desde la relación, que permitan ser integrados y comprendidos por nuestro bien y por el de los otros. Desde los estamentos sociales encargados de impartir justicia no se pueden permitir actos violentos y destructivos, ni en el mundo del deporte ni fuera de él. Las reglas del juego están para cumplirlas, los límites son necesarios y deberían ser respetados por todos. Cuando no es así, es una responsabilidad social el denunciarlo y dar una respuesta clara y firme, si no queremos convertirnos en cómplices de una forma de funcionar claramente dañina y perversa que nos afecta a todos.

A estas alturas, si observamos algunas conductas que se dan en el mundo del deporte, sería bueno que entre todos y todas tomáramos conciencia del sentido y el significado esencial de la competición. Si así lo hiciéramos, estaríamos a tiempo de prevenir el hecho de que se desvirtúen, se contaminen y se perviertan. El lema de la Barcelona World Race de Vela del 2010, textualmente decía: “Nuestro rival es fuerte, nuestro amor por él lo es aún más”. Desde ahí se establece la competición sana, desde el respeto profundo hacia el otro y hacia las reglas del juego. A pesar de que estamos compitiendo, el otro y los otros son personas como yo, y aunque no llegue a amarlas porque no las conozco, por lo menos se merecen todo mi respeto y consideración. Las personas están por encima y por delante, del ganar a toda costa.


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