domingo, 27 de enero de 2013

La magia de la escucha en las relaciones humanas (cuando oír no es escuchar)


Todos los seres humanos y los mamíferos nacemos con dos orejas (oído interno y externo), con una función muy clara: oír. A medida que crecemos y nos desarrollamos, el oír puede transformarse en escuchar. Oír oímos todos, a no ser que tengamos alguna disfunción fisiológica; escuchar no escuchamos todos.

Los últimos estudios señalan que en el ser humano, el aparato auditivo termina de desarrollarse aproximadamente durante el tercer mes y medio de vida intrauterina. A partir de ese momento el feto comienza a captar y oír, primero los sonidos que emite el cuerpo de la madre y un mes después, los sonidos que se filtran desde el exterior. Todos nacemos con la capacidad innata de oír. Pero... ¿a partir de cuándo empezamos a escuchar?...

Para desarrollar la capacidad de escucha, lo primero que necesitamos es que nos escuchen. Para ello, necesitamos que nos sientan y nos den el tiempo necesario. Si vamos a los orígenes, necesitamos, antes que nada, ser escuchados en nuestras necesidades instintivas. Necesitamos ser escuchados en lo que a nosotros nos sale de dentro, en nuestra individualidad, en lo que somos. Primero y fundamentalmente desde la familia. Si ahí hemos sido escuchados, habremos aprendido a ser escuchados y a escuchar. Ese aprendizaje se trasladará también a todas nuestras relaciones sociales, sea quien sea quien tengamos delante.
La escucha en las relaciones humanas

Escuchar significa poner el oído, poner la conciencia y sobre todo, poner el sentir. Sólo con el oído no es suficiente para sentirnos escuchados. Sólo con la conciencia tampoco es suficiente para sentirnos escuchados. El ingrediente “mágico” desde donde verdaderamente empezamos a sentirnos escuchados es cuando nos sienten. Entonces decimos que esa persona sabe escuchar. Porque nos siente, y si nos siente nos ve y está conectada a nosotros. Todo lo que no venga desde ahí, a mi modo de ver, no le podemos llamar escucha. Desde el oído y la conciencia oímos, pero necesitamos poner la presencia y el sentir para realmente escucharnos. 

Desde el oído y la conciencia, muchas veces intentamos arreglar lo que al otro le pasa sin antes haberlo sentido y le damos consejos del tipo “tú lo que tienes que hacer es...”. Ofrecemos una solución desde nosotros sin llegar a sentir lo que el otro necesita. Desde ahí también podemos, además de intentar arreglar lo que al otro le pasa, sermonearle y hacerle ver que nosotros somos los que sabemos. Al que pide ser escuchado no le queda otra que hacer lo que desde ahí le dicen, o arriesgarse a que le den otra vuelta de tuerca con el extendido “te lo dije” o “eso te pasa por...”. A continuación bien podría venir el típico: “¿pero cómo se te ocurre hacer eso?...”. 
Otra muestra de falsa escucha es la interpretación. El otro escucha desde la conciencia lo que nosotros le decimos, para a continuación interpretar lo que nos pasa. Nos dice algo así como: “A ti lo que te pasa es que... y por lo tanto tienes que...”... Seguimos sin escuchar y el que necesita que le escuchen, sigue sin saber qué es eso. Ignorar es otra muestra de oír sin escuchar; ignorar sin dar respuesta o ignorar diciendo algo así como: “eso son tonterías...” (le estamos diciendo que es tonto). Otro ejemplo sería cuando estamos hablando de algo que nos preocupa, y el otro, como que solo está oyendo, responde hablando de todos sus males dándole la vuelta a la tortilla y dejándonos literalmente colgados. 

Todos estos ejemplos nos dejan así: colgados y solos, por más gente que creamos tener alrededor. Con todos estos ejemplos, si nos lo dejamos sentir, sentimos que no podemos contar con el otro, creemos que nos estamos relacionando cuando en realidad tan solo estamos trasvasando información. Desde estas posturas no hay escucha. Oímos al otro como a nosotros nos han oído para dar las respuestas que a nosotros nos han dado. Si no hemos sido escuchados, no sabemos escuchar ni sabemos escucharnos; si no hemos sido amados, no sabemos amar ni sabemos amarnos; si no nos han sentido, no sabemos qué significa sentir al otro o sentirnos a nosotros mismos.
Para escuchar necesitamos que el otro esté presente. Estar presente significa que el otro esté conectado consigo mismo y no esté en otro sitio más que conmigo. Desde ahí me ve, me percibe y me siente: me está escuchando. Si me siente, me escucha; el tono de su respuesta vendrá desde el respeto. Entonces nos estaremos comunicando y nos estaremos relacionando porque nos escuchamos y desde ahí conectamos.

Cuando tenemos esta experiencia registrada dentro de nosotros, tenemos en cuenta al otro, le sabemos escuchar y nos sabemos relacionar. Integramos esa experiencia y aprendemos a tratarnos y a escucharnos a nosotros mismos. Afortunados los que son escuchados porque eso nunca se les arrebatará.



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3 comentarios:

  1. Si Alberto, el sentir y la presencia es lo que hace que nos conectemos..me a gustado mucho este artículo de tu blog, como siempre la comparto..gracias

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  2. Cuando desarrollamos en nosotros mismos nuestro complementario, tenemos la capacidad inherente de comprender y escuchar, porque no estamos divididos. Salu2

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    1. Muchas gracias Alberto, muy interesante tu explicación, y seguire buscando una charla que diste sobre la capacidad de escucha de los niños.

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