domingo, 29 de diciembre de 2013

Objetivos frente a Procesos



Es evidente que vivimos en una sociedad que valora más el producto, los resultados y los objetivos que los procesos. Son numerosos los ejemplos que reflejan esta cuestión, especialmente explotada dentro del mundo de la psicología aplicada a la empresa y a la consecución de objetivos. Conste que hay una parte que está muy bien. A todos nos place conseguir objetivos y alcanzar las metas que nos proponemos, tanto a nivel individual como grupal. El problema radica en que si solo nos centramos en eso, estamos obviando otras cuestiones mucho más básicas e importantes. Para que se entienda lo que quiero transmitir, tomemos el desarrollo humano como punto de partida y veamos algunos ejemplos que muestran cómo la presión externa a menudo pasa por encima de nuestro propio tiempo, espacio y ritmo, en alas del cumplimiento de órdenes y exigencias que nos son ajenas. 

Ya desde antes de nacer, no es extraño que se fuerce el nacimiento porque en teoría se ha cumplido el tiempo; es decir, se estimula y acelera artificialmente el proceso al margen de que el feto esté maduro para salir al mundo. En la mayoría de ocasiones, al cabo de pocos meses de amamantamiento se reciben presiones sociales que empujan a dejar de amamantar, pasando así por encima de las necesidades auténticas de los recién nacidos. A pesar de que profundamente necesiten la presencia de los padres, los niños deben aprender a dormir solos lo antes posible, incluso si pasan miedo-pánico por las noches y necesitan compañía; cuántos casos de ansiedad e insomnio adulto, por ejemplo, no tendrían lugar si atendiéramos a esto. Debemos hacernos mayores y ser autónomos lo antes posible, a pesar de las carencias sobre las que nos estructuramos; el crecimiento precoz es reconocido y premiado a costa de otras necesidades que quedan sin cubrir. Asimismo, somos socializados precozmente cuando aún no estamos ni mucho menos en esa fase. Desde muy pequeños tenemos que aprender a no llorar, a no enfadarnos, a no tener miedo y a no estar demasiado contentos porque armamos ruido. Evidentemente, nuestro cuerpo también aprende a pagar el precio de tanta desconexión emocional.

Objetivos frente a procesos
Las exigencias externas son tan constantes como las presiones y las prisas. Sin apenas darnos cuenta las incorporamos en nuestro funcionamiento normal. ¿Cómo puedo saber otra forma de ser y de hacer si no conozco otra? Vivimos en una sociedad en que desde antes de nacer se nos enseña que los objetivos pasan por encima de los procesos instintivo-emocionales que nos gobiernan, es decir, por encima del tiempo que cada uno necesita para sentirse, madurar y crecer. Poco a poco nos convertimos en niños y adultos que para sentirse amados tienen que cumplir con una cantidad ingente de objetivos y quehaceres. De lo contrario, el afecto no se merece. Vivimos en estrés crónico sin apenas descanso, a riesgo de encontrarnos a nosotros mismos. Lo importante es hacer, llegar lo antes posible, cumplir con los objetivos, ser perfectos y además permanecer íntegros. Vivimos obsesionados con el objetivo, con aquello que nos hace imperfectos y queremos cambiar. Si tenemos un mal hábito o queremos conseguir algo, nos forzamos y nos reforzamos para cumplir con aquello que nos hemos propuesto. Luego, como que no estamos suficientemente maduros para asumir esa decisión, abandonamos el objetivo y nos castigamos de las más variadas formas. En definitiva, seguimos sin ser lo que se espera, peleando con nosotros mismos en un combate sin fin. A menudo es necesario darse unas cuantas veces contra esa pared para que quizá algún día podamos vivir la vida desde nuestro centro, respetando nuestro ritmo natural, el que nos sale de dentro, ni rápido ni lento; sin forzarnos, sin exigencias, sin presiones; viviendo y sintiendo los procesos para relacionarnos de una forma más sana con nosotros mismos, con la vida y con los otros.

En la naturaleza, cuando un fruto está maduro cae por su propio peso. Ese es su momento. Ni antes ni después. La naturaleza lleva intrínseca unos procesos de vida que entran en diálogo con el ambiente ofreciendo el tiempo, el espacio y el ritmo de maduración para cada fruto y para cada ser. Como sociedad, estamos tan alejados de todo esto que entiendo que pueda sonar a chino. Qué le vamos a hacer. Pero vale la pena planteárselo.
Para acabar este post, aprovecho para invitaros a salir de la ciudad y las aglomeraciones. Ya que nos despedimos del 2013, brindo con vosotros por un 2014 sin presiones en que nos centremos más en vivir y sentir los procesos que en cumplir objetivos. El brindis sigue vigente para los años posteriores. Como añade mi amiga Susanna Arjona, brindemos también por el arte de tratarse bien y de dejarse en paz. 


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lunes, 9 de diciembre de 2013

El corazón y sus repercusiones afectivas en la salud y la calidad de vida



En esta entrada hago una aproximación al sentido y los significados del corazón. ¿Por qué el corazón? Porque es uno de los grandes pilares donde se sustenta el ser humano y sus relaciones, y por las implicaciones tan fundamentales que de ahí parten. 
Etimológicamente, corazón viene del latín cor-cordis. Desde el corazón tenemos corazonadas o algo nos parece descorazonador. Desde el corazón nos acordamos, recordamos o acordamos si los corazones se ponen de acuerdo. Desde el corazón también podemos estar en desacuerdo y distanciarnos. Es curioso que la cordura y el estar cuerdo, en contraposición a la locura, también partan del corazón.

El corazón es el primer órgano que se activa en el ser humano. Lo hace en la fase pre-natal embrionaria, con un movimiento de contracción y expansión que marca el ritmo y el tiempo de su latido constante. Una vez construido el oído en la fase intrauterina, el corazón de la madre es el primer sonido rítmico que escuchamos, la primera música que sentimos e incorporamos. A nivel fisiológico, el corazón aspira e impele a través de movimientos de sístole (contrae y expulsa la sangre hacia los tejidos) y de diástole (relaja y recibe la sangre de los tejidos), favoreciendo la circulación sanguínea por todo el cuerpo. 

Corazón y afectos: salud
El corazón escucha más que oye. Y sobre todo siente. Siente la relación y el vínculo con el otro, mucho más allá de las palabras. Siente si es tratado bien o mal y siente si algo es positivo o negativo. Desde ahí responde y se sitúa en su lugar con una tendencia hacia la contracción o hacia la expansión en función de cómo se siente. Un corazón contraído es un corazón asustado y encogido que no se puede soltar. Desde ese encogimiento más o menos constante en función del miedo que haya o del estrés al que se someta la persona, el corazón, los vasos sanguíneos, las arterias y todo el sistema cardiovascular pueden pasar serias dificultades al bombear la sangre hacia el resto del cuerpo.
¿Por qué se asusta el corazón? Porque no es bien tratado. En función del trato recibido a lo largo del desarrollo humano tenemos un corazón más o menos sano, o más o menos dañado. En alguna medida, todos tenemos el corazón perjudicado en nuestro vínculo afectivo desde nuestra infancia. Ciertamente, el corazón necesita que lo amen para poderse soltar y estar tranquilo. Necesitamos el amor de la madre y del padre para aprender a amarnos a nosotros mismos y para aprender a amar a los otros. Si por las circunstancias y los contextos donde me desarrollo, no puedo mostrar el corazón y lo tengo que proteger, construyo una coraza que acoraza el corazón y sus implicaciones afectivas para que no me hagan daño ni me toquen el daño que llevo dentro. Desde ese miedo de fondo soy un ser desconfiado que siente al mundo como enemigo y hace de tripas corazón. Desde ahí también puedo construir una armadura de orgullo que enfría el corazón y lo mantiene "a salvo", pidiendo afecto o comprensión desde la distancia, la crítica, la dureza y la rigidez. La violencia también nace desde ese encogimiento. Aunque desde ahí pueda parecer un ser fuerte y duro, en realidad soy un ser débil, asustado y potencialmente enfermo.
Asimismo, el corazón es la brújula que marca la orientación y la distancia con respecto al otro en función de cómo nos sentimos tratados. Si sucede algo que nos hiere, los corazones se protegen y las personas se distancian. Por el contrario, si estamos tranquilos los corazones y los afectos pueden conectarse y soltarse al placer afectivo del encuentro con el otro. En efecto, para reparar un corazón perjudicado necesitamos un trato receptivo, humano, cálido, afectuoso, cercano, respetuoso. A nadie se le olvida aquella o aquellas personas que nos trataron desde ahí. El corazón les recuerda siempre, aunque ya no estén aquí. 

A nivel mundial, tanto la primera causa de muerte violenta (suicidio) como la primera causa de muerte no violenta (enfermedades cardiovasculares) tienen que ver con el corazón. Atendiendo a las repercusiones e implicaciones que el corazón trae consigo, algo deben tener que ver las enfermedades cardiovasculares y el suicidio con los afectos y el trato (o maltrato) recibido en nuestro desarrollo. 
A pesar de los datos estadísticos tan concluyentes, las élites políticas, sometidas a las financieras, dedican muy poca energía a tomar medidas serias al respecto. En nuestra sociedad, lo que realmente cuenta es producir, hacer, trabajar: los beneficios y los resultados. Pero ¿para qué si nuestro corazón y nuestros afectos se hallan desamparados? ¿Por qué no atendemos a lo realmente importante para crecer con salud y calidad de vida?
Es prioritario desenterrar el corazón y los afectos para no desorientarnos más de lo que ya estamos. ¿Qué calidad real tienen nuestras relaciones? ¿Cómo nos relacionamos? 
Es necesario recuperar las relaciones humanas auténticas que nutren y dan sentido a la vida. Para ello, no tenemos que buscar fuera, sino mirar dentro, en el corazón de cada uno.