lunes, 28 de noviembre de 2016

Repercusiones de la revolución sexual en nuestros días



Por nuestra naturaleza sexual y de género, históricamente el hombre ha tendido más a la acción y al movimiento hacia fuera; la mujer se ha ocupado de tareas más pausadas e íntimas, haciéndose cargo de la crianza de los hijos y del hogar. Como explico en mi libro SER O NO SER HOMBRE. Viaje a la esencia de la identidad masculina, históricamente el hombre ha tenido que ser fuerte -hacerse el fuerte-, teniendo que negar sus vulnerabilidades y sus necesidades afectivas, endureciendo su cuerpo y su carácter para cumplir con lo que de él se espera y con su función de proveedor. Sin tiempo para entretenerse en cuestiones emocionales ha tirado adelante sin pararse a sentir. A los hombres poco se les ha enseñado a vivir en sus cuerpos, en sus emociones y en sus afectos, sino a ir mas allá de ellos; el contacto y los abrazos quedaron al margen antes de tiempo. Desde ese tirar adelante pase lo que pase, todas sus energías se enfocaron en el trabajo.
Los roles de identidad sexual eran muy claros. Cada cual cumplía con su función con base en las capacidades que naturalmente emanaban de la naturaleza de cada sexo. Esos roles tan diferenciados se fueron difuminando progresivamente desde los años 60 del siglo pasado hasta nuestros días. La mujer ya no se dedica exclusivamente a los hijos y a la crianza como antes; la mujer es autónoma, ha incorporado a su vida su función de proveedora-trabajadora y está más en contacto con su sexualidad y con su derecho al placer. La negación y la esclavitud a la que el hombre ha sometido a la mujer a lo largo de la historia ha sido vergonzosa, no tiene nombre; se le ha anulado como mujer autónoma y se le ha negado la posibilidad de gozar sexualmente de su cuerpo. 
    En la sociedad de hoy, a pesar de que tanto el hombre como la mujer trabajan, una buena mayoría de familias tiene serias dificultades para llegar a fin de mes. Además de trabajar, la mujer se dedica mucho más a los hijos que el hombre, con lo cual se le acumula la tarea de forma extraordinaria. Esto es una realidad que se inicia desde la incorporación de la mujer al mercado laboral, hace 50 o 60 años, no más. Los que han sufrido las consecuencias más serias son los niños y niñas del mundo civilizado, que ajenos a esta transformación han sentido cómo tenían que prescindir, en sus propias carnes, de algo tan necesario para su crecimiento saludable como la presencia sobre todo de la madre en los primeros años de vida; y también del padre, tanto en los primeros tiempos como en los años posteriores del desarrollo. En buena medida, la mujer ha tenido que masculinizarse, endurecerse y hacerse fuerte para afirmarse como válida en un mundo tan enfocado en la producción y la competitividad. 
    En la sociedad en que vivimos, la emocionalidad, la sensibilidad, la vulnerabilidad, los afectos y todo lo que tenga que ver con el corazón son considerados rasgos de flaqueza y debilidad. Lo que debiera estimarse como Patrimonio Vivo de la Humanidad es denigrado en el marco de una sociedad, la nuestra, que presume de avanzada.
Finalizada la 2ª Guerra Mundial se inicia la llamada revolución sexual, que eclosiona en los años 60 y 70 del siglo XX para seguir desarrollándose en las décadas posteriores hasta nuestros días. El sexo y la sexualidad dejan de ser tabú y se liberan de la tutela moral judeocristiana; las restricciones que impone son desafiadas y relevadas: la Iglesia católica pierde influencia e inicia su divorcio con la sociedad de a pie. Se le da la vuelta a los códigos tradicionales de la moral sexual, ampliándolos más allá de la reproducción como único propósito de la sexualidad y suplantando el dogma de que la satisfacción sexual principal debe recaer sobre el hombre. 
   Se pone patas arriba el papel tradicional de la mujer, del hombre, del matrimonio y de la familia. La mujer se hace autónoma y se incorpora al mercado de trabajo; deja de ser un objeto sexual a merced del hombre y transforma las relaciones sexuales introduciendo el cuerpo, la sensopercepción y los sentidos (preliminares): la sensibilidad de las zonas erógenas se extiende a todo el cuerpo desarrollando el goce de la sexualidad en su proceso global, no solo en su descarga orgástica. La represión histórica que reposaba en la mujer se libera de pecado y se lanza al descubrimiento del placer que tantos siglos ha sido arrebatado de su cuerpo; se libera el miedo al embarazo con la introducción de la píldora y otros métodos anticonceptivos: la mujer puede gozar del sexo sin preocuparse de quedar embarazada.
Se puede hablar y discutir sobre temas relacionados con el sexo y la sexualidad; se empieza a hablar de sexualidad con los hijos y con personas del otro sexo; se puede obtener información sexual; se puede convivir sin estar casado; se aceptan las relaciones sexuales prematrimoniales; se transforman las estructuras familiares; se socializan las películas y libros eróticos; se expande la pornografía; se puede disfrutar de preferencias sexuales antes prohibidas o mal vistas; se empiezan a compartir las fantasías sexuales con la pareja,... La sexualidad se populariza y se integra como una instancia más de nuestra personalidad que no tiene por qué ser reprimida, sino vivida. Lo que hasta entonces permanecía oculto y se consideraba pecaminoso se destapa y se expone hasta sus más altas cotas. Como champagne de una botella descorchada emanan todas las conductas sexuales que hasta el momento estaban severamente taponadas. La sexualidad asociada al pecado y la culpa transmuta en curiosidad y búsqueda de placer. La transformación fue espectacular a muchos niveles. Actualmente, casi 60 años después, el desarrollo de la revolución sexual sigue su curso.
La diversión ilimitada y eufórica desde la que despertó la sexualidad como reacción a siglos de represión empañó la libido sexual de un tono de búsqueda frenética en que se tenía que probar todo.
La revolución sexual de los 60
Desde determinados planteamientos y círculos de la revolución sexual, la promiscuidad y la ausencia de compromiso eran un bien común; prerrogativas básicas para no caer en las convenciones de la etapa anterior: la posibilidad de crear lazos afectivos vinculares debían mantenerse a raya. Tras tantos siglos de prohibición y traje estrecho, cualquier aspecto de la vida era digno de ser transgredido. Al ritmo de la instauración de la sociedad de consumo, se bailaba mas rápido que la música y se iniciaba la devaluación de las relaciones humanas. Vale la pena plantearse si nuestra sexualidad nos llena, o nos vacía. Todo tiene unos límites, unas leyes y unas reglas a menudo invisibles para que cualquier estructura funcione y no se convierta en la peor de las tiranías. La vida no sería posible sin límites. Cualquier célula necesita un límite (membrana) donde vivir y crecer; cualquier persona lleva el límite corporal de su piel; cualquier niño o niña entre los cinco y los doce años aprende que no hay juegos sin reglas y sin límites acordados. Muchos llevamos dentro unos límites tan impuestos y estrictos, hemos recibido tantos noes y tanta frustración a nuestras necesidades auténticas que cuando somos adultos agarramos la bandera de la transgresión y no la soltamos hasta que nos rompemos las narices. En determinados casos, lo prohibido acentúa el deseo; no obtener aquello que se desea provoca un deseo aún mayor. El miedo a no obtenerlo y la desesperación que surge guía este tipo de comportamiento: si se hace lo que no se puede hacer es como si se hiciera lo que realmente se quiere hacer. El movimiento lo impulsa el rechazo, lo no permitido; sin tiempo a plantearse si lo que surge de auténtico es lo prohibido o es otra cosa.
Lo que empezó como transgresión abrió la puerta a una cada vez mayor normalización de actividades sexuales parafílicas: exhibicionismo, sadomasoquismo, tríos y sexo en grupo,... Es necesario discernir las conductas sexuales que parten desde un lugar sano y las que parten desde un lugar dañino. Las que parten desde un lugar dañino, consciente o inconsciente, se enmarcan dentro de las perversiones sexuales y las parafilias; precisamente por el daño intrínseco que conllevan, no por una cuestión moral, de ética, de valores o de prejuicios; ni siquiera porque la sociedad las considere prácticas aberrantes. Pasar al acto las fantasías y los caprichos sexuales agitando la bandera de la libertad sexual nos hace creernos los más libres de la historia, aunque en realidad seamos los más vacíos y los más esclavos; tenemos más orgasmos que nunca pero necesitamos cada vez más estímulos para alentar nuestra frágil estructura afectiva y sexual. Pasamos de una sexualidad represiva a una sexualidad impulsiva; tan perdidos en un extremo como en el otro. 
   La sexualidad es el instinto que más a mano tenemos en la vida adulta, aunque no sea el único que nos proporciona placer. Sin afecto y relación vincular, el “placer” que obtenemos lo tenemos que poner entre comillas. En ocasiones es necesario experimentar la fantasía sexual parafílica como parte de un proceso personal que la aterrice y nos permita discernir su sentido de ser. Poco o nada nos cuestionamos acerca del lugar desde donde parten nuestros impulsos sexuales o acerca del estado en que se encuentran nuestros afectos y nuestras relaciones vinculares. 
   Cada vez hay mayor miedo al compromiso de pareja, aunque no se reconozca. Las relaciones sólidas y duraderas se han convertido en líquidas y pasajeras. Cortoplacistas. Efímeras. Virtuales. De consumo preferente antes de la fecha indicada. La obsolescencia programada y el usar y tirar se han adueñado de las relaciones humanas. Nadie quiere privarse de nada: hay mucha oferta y mucha demanda. El tiempo vuela, solo tenemos una vida y todo es inmediatamente sustituible: desechable. El cuerpo es la mercancía y el sexo el lugar donde rendir y producir como el que más en la consecución de objetivos. La sociedad de consumo ha impregnado los fundamentos de las relaciones humanas. El lenguaje (teórico y práctico) de la economía de mercado es perfectamente aplicable a las relaciones humanas y sexuales. No creo que estemos aquí para adaptarnos a una sociedad que tiene todos los síntomas de estar, no solo enferma, sino cada vez más enferma. Los lazos y los vínculos afectivos en las relaciones son tan frágiles como los proyectos comunes que se emprenden. A menudo se vive el compromiso como una cárcel de la que es necesario escapar antes de que sea demasiado tarde -antes de que me hagan daño o me toquen el daño que llevo dentro-.
Es evidente que desde la revolución sexual del “aquí todo vale”, el vínculo afectivo no solo es negado, sino que es arrasado de las relaciones humanas. En la actualidad, la desvinculación general con el otro está más que extendida, ¿para qué exponer nuestro corazón? Vivimos rodeados de personas; nunca en la historia ha habido tantas; aun así, la soledad se ha convertido en la enfermedad más universal del estado de ánimo. El vacío afectivo es inmenso. Lo peor es que estamos sobreadaptados a ese vacío, negando lo que realmente necesitamos y consumiendo subproductos que nos ofrecen pseudoplaceres. La relación humana desde el corazón y los afectos, a menudo parece un recuerdo extraviado. Y el mundo sigue girando...
   Hoy todo el mundo habla de amor, pero pocos se cuestionan consistentemente cómo aman y cómo es el amor que han recibido y reciben. No se trata de sentirnos mal por lo que deseamos, por lo que sentimos o por lo que hacemos; de lo que se trata es de tomar responsabilidad sobre lo que deseamos, sobre lo que sentimos y sobre lo que hacemos para que nuestra vida retome el sentido que le pertenece.


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