domingo, 20 de noviembre de 2016

Sexualidad contemporánea y vínculo afectivo



  En las sociedades consideradas más evolucionadas emerge de una manera cada vez más clara una profunda disociación entre afectividad y sexualidad. A continuación desvelemos solo algunos factores sintomáticos de hacia dónde vamos como seres humanos en lo que respecta a la sexualidad, el vínculo afectivo y las capacidades relacionales. 

La tasa de natalidad de Japón ocupa el último puesto del ranking mundial; la sexóloga japonesa Mayumi Futamatsu afirma que entre un 60 y un 70 % de las parejas de más de 40 años no practican sexo, y las que lo practican superan ampliamente el mes, la frecuencia más baja del mundo según las estadísticas. Los divorcios son muy poco frecuentes y la mayoría de las parejas sin sexo perduran en el tiempo. En Japón empieza a considerarse la ausencia de relaciones sexuales como algo normal. Según el Instituto Nacional de Población e Investigación de la Seguridad Social japonesa, el 61 % de los hombres solteros y el 49 % de las mujeres solteras entre 18 y 34 años no mantienen ningún tipo de relación sexual. El Gobierno de Japón se refiere a ello como el Síndrome del celibato. Paralelamente, la industria del sexo en Japón está en pleno auge, el sexo para el consumo circula por todas partes: factura 20.000 millones de euros al año, el 1 % del PIB. Ojo porque estamos hablando de algo que sucede en Japón, uno de los países de primer orden mundial. Se considera país desarrollado. Económicamente, claro. Así consta.
Sexualidad contemporánea y vínculo afectivo
Japoneses y japonesas se encierran en sí mismos y renuncian, en buena medida, no solo a las relaciones sexuales, también a las relaciones humanas vinculares. La falta de comunicación y de relación real en las parejas es alarmante; cada vez más se forman parejas “funcionales” que apenas se miran a los ojos. En el documental “Japón, el imperio de los Sinsexo”, un japonés explica que al principio de su relación de pareja hacía el amor cada día. Cuando pasaron los primeros tiempos de convivencia, no le contaba sus fantasías a su pareja y se dedicaba a ver pornografía: “tengo unos gustos un poco retorcidos pero no quiero que mi pareja lo sepa”. Su mujer dice: “...la convivencia nos fue alejando. Simplemente nos cruzábamos de vez en cuando”. Se cruzaban. Como perfectos desconocidos. Vemos cómo el vínculo afectivo está profundamente dañado, la relación no existe.
Se renuncia a la sexualidad conyugal, pero no a la propia: mecánica y solitaria. La oferta de la industria del sexo es amplia y variada. Al salir del trabajo (los que lo tienen), los hombres se aislan en video-box donde se masturban visualizando videos pornográficos. Disponen de una juguetería erótica extensa y variada. La camarera de un bar comenta: “Los hombres no muestran sus debilidades a sus mujeres, no hablan... y menos aún de trabajo. Aquí vienen a intercambiar algunas palabras y alguna mirada, nada más. Así se evaden y se relajan...”. Por ello pagan unos 300€ como mínimo. En los llamados “salones” se paga por un servicio que en la mayoría de ocasiones no acaba en penetración. Una profesional del salón afirma: “Dar placer a los japoneses consiste sobre todo en mimarlos y en hacerles de mamá”. Lo último en Japón es el alquiler de los ikemeso, hombres guapos y atractivos que por 55€ la hora se disponen para que las japonesas se desahoguen y liberen el llanto; puede escogerse entre un dentista, un chico “malo” o un intelectual. Hiroki Terai, responsable de la idea, asegura que su servicio es fiable. Esto es real, está pasando en el llamado Primer Mundo.
Solo en Tokyo existen más de 50 cafés de gatos. Por 10€ la hora los puedes acariciar; parece una de las pocas formas que tienen los japoneses de mostrar afecto hacia otro ser vivo. A través del contacto se relajan. Uno de los usuarios comenta, triste: “Los gatos se me acercan un poco buscando comida... y enseguida se van. Es la historia de mi vida”. En 20 años el número de solteros se ha duplicado; los animales domésticos se han convertido en compañeros de su soledad; en Tokyo hay más mascotas que niños menores de tres años. Desde este drama de fondo que tan solo podemos intuir, podemos imaginarnos el tipo de relación humana y de sexualidad que prolifera. ¿No hay nadie en Japón, cultura milenaria, que se haya parado a pensar que algo muy importante está fallando de base? Con la cantidad de activistas que proliferan por las redes sociales online, ¿no hay nadie que denuncie la ausencia de afecto y de relación humana en la que crecen los niños y niñas del país? Parece que no. ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano en su deshumanización?

En EEUU las parejas de jovencitos que se comprometen parecen cada vez bichos más raros; uno de ellos dice: “Si al sexo le agregas amor te conviertes en un ser extremadamente vulnerable. Nos enseñaron a confiar en nosotros mismos y a no depender de los demás. Es mejor mantener relaciones sexuales arriesgadas que sucumbir a los riesgos del corazón”. Hablar de amor por un lado y de sexo por el otro nos da una idea de cómo está el patio: prohibido sentir algo por el otro a riesgo de ser dañado y/o abandonado. 
Cada vez estamos menos dispuestos a mostrar y a ofrecer nuestro corazón, a pesar de la insatisfacción a la que nos condena. Por eso mismo se hace cada vez más necesario abrir el corazón y mostrarlo antes de que lo haga un cirujano. Lo moderno es el aquí te pillo, aquí te follo. Los tiempos de aproximación, flirteo, conocimiento mutuo y conquista se reducen a la inmediatez; tengo prisa sin ser conscientes de que en realidad tengo miedo: a lo que se espera de mí, a que se vaya y no le interese, a que no le guste, a que no me desee,... El deseo sexual pasa por encima del tiempo de conocernos y sentirnos, no hay tiempo que perder. Desde esa tensión a la que no damos significado, follamos (no se le puede llamar de otra forma), creyendo que desde ahí nos aclararemos en lo que sentimos y en lo que siente el otro. La sexualidad más directa e indiscriminada que hasta hace pocos años era patrimonio de los hombres, actualmente también se hace matrimonio de la mujer; la disociación entre los afectos y la sexualidad cada vez está más alarmantemente generalizada.
Sexualidad contemporánea y vínculo afectivo
La filofobia es el temor y la ansiedad que se siente ante la posibilidad de establecer relaciones afectivas consistentes. Sus síntomas son la ansiedad, el malestar general, niveles altos de estrés, ataques de pánico, trastornos gastrointestinales, latidos irregulares del corazón, sudores fríos, falta de aire y necesidad de huir. Los filofóbicos establecen un cortafuegos anti-afectos que les protege de sentirse más allá de lo que pueden tolerar manteniendo a distancia a todo aquel que pretenda ir más allá de lo digerible: lo más que pueden soportar son relaciones sin compromiso o de compromiso relativo. Para no sentir la vulnerabilidad y la inconsistencia afectiva que padecen, a menudo se rodean de relaciones simultáneas que les mantienen a salvo de sentir lo que sentirían si se implicaran solo en una. La confusión y la desorganización interna no les permite una relación afectiva vincular consistente; el daño recibido a ese nivel es definitorio. Desde esa menudencia afectiva podemos deducir cómo se vive tanto la relación humana como la sexualidad.
Desde esta base, ¿cómo sería la sexualidad humana en un futuro a medio-largo plazo? La robótica avanza a pasos tan agigantados como la deshumanización de la que somos testigos las sociedades civilizadas del siglo XXI. No quiero ser apocalíptico pero tampoco quiero obviar la realidad. A nivel mundial se invierten cantidades de dinero estratosféricas en crear máquinas que reproduzcan y emulen el comportamiento humano. ¡Incluso podrían ser capaces de autorrepararse y autoorganizarse! En algunos círculos especializados se habla de una nueva especie de robots humanoides que convivirá con nosotros. Rich Mahoney, director de robótica de SRI International afirma que ya empezaron a salir de las fábricas y pronto los veremos en los hogares limpiando la casa o jugando con su propietario al tenis; en hoteles y restaurantes sirviendo comida y bebida; y en otros espacios de la vida cotidiana como en la asistencia a ancianos, entrenamiento terapéutico, suministro de fármacos a enfermos o vigilancia de los niños. Leíste bien: vigilarán a los niños. Como si eso fuera lo que los niños necesitan. 

En el año 2010 fue presentada la primera robot sexual, Roxxxy: 54 kilos de peso y 154 centímetros de altura, con órganos sexuales y esqueleto articulado. Dos investigadores de la Universidad de Wellington (Nueva Zelanda) pronostican que para el 2050 los robots revolucionarán el mundo de la sexualidad. Otros auguran que antes: sobre el 2030 - 2035. A David Levy, autor de “Amor y sexo con robots: la evolución de las relaciones humano-robóticas”, la relación humana no parece importarle lo más mínimo. Estamos llegando a niveles tan altos de deshumanización y de desconfianza hacia los seres humanos, que entre otras perlas, este hombre afirma: “No importa realmente si el robot siente empatía por ti, o de si realmente tiene una emoción particular, lo que importa es si tú percibes que la tiene. Los hombres son criaturas peligrosas y hacen cosas terribles, así que no es de extrañar que pronto los padres prefieran antes que su hija salga con un robot que con un hombre”. Afirma sin tapujos que el amor con robots será igual de normal que el amor humano, y que el sexo será aún mejor: “Muchas parejas tienen problemas en la cama debido a complejos psico-sexuales o falta de habilidad sexual. Si todo el conocimiento contenido en todos los manuales sobre sexo fuera programado en robots sofisticados, en el futuro estos robots serían amantes virtuosos, capaces de crear experiencias sexuales que sus compañeros nunca antes experimentaron”. La solución a los conflictos de la relación humana resuelta con robots. El robot sexual sobre el que se investiga añade piel sintética de silicona, inteligencia artificial, sensores para simular emociones y complejos programas informáticos para manifestar sentimientos. Vale la pena reflexionar sobre ello: ¿cómo se puede llegar a comparar la presencia, las caricias, el afecto y el contacto humano con el de una máquina? ¿Con qué mentira nos quieren conformar? ¿Dónde está la ética, el sentido común y los límites de la robótica? 
   Dar la misma importancia a la presencia y la caricia de una máquina que a la presencia y la caricia de un ser humano es vivir en una mentira tan grande y perversa que va a ser casi imposible volver de ahí. ¿Somos realmente conscientes de lo que esto puede significar para la especie? ¿Hacia dónde vamos? De nosotros depende que los seres humanos no se conviertan en máquinas insensibles sin ningún contenido.



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